Desde la marca del fabricante situada en el morro, hasta el spoiler trasero, un coche de competición de la NASCAR es una obra de ingeniería. Pero la parte vital, el alma, lo que supone el mayor trabajo para los ingenieros, no se encuentra a simple vista. Estamos hablando, por supuesto, del motor.

Una de los fundamentos para construir un equipo ganador es la capacidad de comprar o construir un poderoso motor, aparte de tener un equipo capaz de desarrollarlo y sacarle el máximo partido. Mientras que la aerodinámica, suspensiones, neumáticos, etc… pueden suponer la pequeña diferencia que gana carreras, sin un corazón potente y fiable el coche no podrá optar a la victoria final.

Actualmente, los motores  del COT de la NASCAR Sprint Cup Series están tarados en 850 caballos, aunque esta brutal potencia debe ser restringida en determinados circuitos, para evitar alcanzar velocidades realmente peligrosas para la integridad de pilotos y espectadores.

Pero, ¿qué hace diferente a un motor empleado en un Stock Car de otro usado en el mismo modelo de producción en serie?

Construir un motor empleado en la NASCAR conlleva una gran cantidad de esfuerzo y de dinero. Para que sea competitivo (no decimos ganador), un solo motor requiere un gasto superior a 50.000$ (más de 39.000€), y si extendemos esto a una flota de más de 12 coches, que es más o menos la cantidad que tiene un equipo grande, nos podemos hacer una idea de la cantidad de dinero que supone.

Como recompensa a su inversión, esos equipos reciben una obra de ingeniería que incorpora piezas fabricadas con las aleaciones más exóticas y caras que existen hoy en día. Además, en sus filas cuentan con los mejores ingenieros, que son capaces de extraer de esos motores toda la potencia posible. Para llegar a este punto, es necesario empezar por un cuidadoso diseño, y continuar con largas horas de pruebas y test.

En la NASCAR, la tecnología se parece mucho a una carrera armamentística. Los equipos continuamente buscan innovaciones que les permitan ser más rápidos y mejores que los demás, aunque esto último no le haga mucha gracia a la NASCAR, porque convierten a las carreras en algo previsible, o lo que es lo mismo, en asientos vacíos en los circuitos y una menor audiencia televisiva.

Para evitar esto, la NASCAR se asegura de que todos los equipos compitan en igualdad de condiciones, por lo que se sigue un riguroso plan de verificaciones.

Una vez terminada la carrera, la ceremonia en el Victory Lane no pone fin a la actividad en el circuito. Los comisarios se llevan el coche ganador y lo desmantelan, lo que en ocasiones incluye el desensamblaje del motor, suspensiones, o cualquier cosa que los comisarios deseen comprobar. Se busca cualquier pieza no autorizada, o medida no reglamentaria que ayude al coche a mejorar su rendimiento.

Los equipos tienen permitidas ciertas modificaciones, aunque en general la normativa es bastante inflexible, llegando al hecho de que los equipos solamente  pueden utilizar piezas fabricadas por empresas homologadas por la NASCAR. Tras la inclusión del COT, estas restricciones se hicieron mucho más duras.

Pero como en todo, siempre se busca una manera de interpretar la normativa, o de buscar el resquicio legal que te permita saltarte las limitaciones, y para eso los equipos pueden llegar a tener mucha imaginación. Y esto solo conlleva a que la NASCAR sea cada vez más cuidadosa y restrictiva. Por esta razón, los modelos de competición en cada una de las categorías de la NASCAR deben tener estrictamente las mismas formas y dimensiones, así como cumplir con los mandatos que especifica el reglamento en cuanto a seguridad.

Durante el transcurso de una carrera, o lo que es lo mismo, a lo largo de unas 500 millas (más de 800 km), el motor está sujeto a múltiples ciclos de calor y presión extremos, por lo que pese a estar construidos en hiero fundido, pueden llegar a sufrir roturas, tanto en el bloque como en las piezas que lo componen.

En ciertos circuitos, como el tri-óvalo de Pocono, los equipos deben preocuparse mucho de la mecánica, ya que a las grandes velocidades se le añaden brutales deceleraciones en las curvas, que pueden producir fatiga en los materiales de los que está compuesto el motor.

La temperatura en el interior del corazón de un Stock Car supera los 2000 grados Farenheit (unos 1100 ºC), y se alcanzan presiones 100 veces superiores a la atmosférica, por lo que cada una de las partes móviles del motor están reforzadas para poder soportar esas condiciones tan extremas. Los mismos bloques del motor están fabricados en aleaciones de hiero y grafito, ya que la estructura molecular del grafito, añadida al hiero, permite que éste soporte temperaturas más altas.

Mientras algunos equipos fabrican y mantienen sus propios motores, otros deben adquirirlos de otros fabricantes. Uno de los más importantes es Hendrick Motorsports, que construye más de 700 motores al año para sus equipos y clientes externos.

Con los equipos mejorando constantemente la parte técnica, los coches de carreras son cada vez más potentes y más rápidos, lo que aporta a los fans un mayor espectáculo, pero incrementando a su vez en gran medida el riesgo.

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